¿Podrán casarse los príncipes? La verdadera crisis de la familia imperial de Japón

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El sistema imperial japonés necesita reformas que lo doten de mayor estabilidad, pero las conversaciones sostenidas a ese fin por los partidos del Gobierno y de la oposición, que estaban estancadas, han sido suspendidas sine die. Entre tanto, los miembros de la familia imperial envejecen y en Internet se leen comentarios crueles sobre ellos.

No hacer nada, el verdadero deseo del PLD

La reforma de la Ley de la Casa Imperial, que se cree necesaria para dotar de mayor estabilidad a la sucesión al Trono del Crisantemo, ha vuelto a posponerse al fracasar las conversaciones entre los partidos gobernantes y los de la oposición, que, contando con el aval de la presidencia y la vicepresidencia de ambas cámaras, pretendían remitir el proyecto a la Dieta (Parlamento) durante el periodo ordinario de sesiones que terminó a finales de junio.

Los principales puntos en discusión eran dos. El primero, si las mujeres de la familia imperial seguirán formando parte de la misma después de casarse; el segundo, si los descendientes de las ramas laterales que han quedado desgajadas de la familia imperial podrán volver a formar parte de la misma mediante adopción. A finales de mayo, el asesor principal del Partido Liberal Democrático (PLD, en el Gobierno), Asō Tarō, y el representante del Partido Democrático Constitucional, Noda Yoshihiko, acordaron aparcar provisionalmente el segundo asunto, cuyo encaje constitucional es difícil, y centrar las discusiones en el primero.

Por lo que respecta a este primer punto, los dos representantes eran conscientes de sus diferencias en torno a cuestiones como si la permanencia en la familia imperial de los miembros femeninos que contrajeran matrimonio debía ser opcional, o si la pertenencia a la misma podría hacerse extensiva también a hijos y cónyuges. Aun así, decidieron reanudar las conversaciones para tratar de superar definitivamente el impasse de años en el que habían caído.

Sin embargo, a principios de junio, Asō manifestó inesperadamente su negativa a archivar el segundo punto, lo que Noda interpretó como un intento de devolver la discusión a su punto de partida echando por tierra todos los avances. Nukaga Fukushirō, presidente de la Cámara de Representantes (Baja), ha expresado su deseo de que pueda llegarse a un acuerdo durante el periodo extraordinario de sesiones del otoño, pero todo indica que tampoco eso será posible.

Llevo 20 años observando cómo se debate en el campo político el problema de la sucesión al trono y creo que, al amparo de esas voces conservadoras que defienden tercamente que la sucesión debe ser siempre por línea masculina, lo que realmente pretende el PLD es no hacer nada. Para ellos, la actual Ley de la Casa Imperial, que explicita la sucesión por línea masculina, es perfecta y no necesita ninguna enmienda.

Sin embargo, el hecho es que, si continuamos aferrándonos a la línea masculina, la familia imperial seguirá menguando y es muy probable que la línea de sucesión se extinga.

Las encuestas revelan que una gran parte de la ciudadanía aceptaría que una mujer heredase el trono. Como el PLD no puede dar la imagen de que se ha olvidado del asunto sin hacer nada, utiliza como coartadas las deliberaciones del Consejo de Expertos o las rondas de conversaciones con la oposición, donde sigue la táctica de poner peros a todo para terminar posponiendo el asunto. Incluso cuando vuelve a recurrir a la solución de las antiguas ramas de la familia imperial (segundo punto), lo hace sin haber estudiado suficientemente el tema y sin particular entusiasmo, prueba de que en realidad no tiene la menor intención de llevar esa idea a la práctica.

Podría acusárselos de permanecer de brazos cruzados mientras el linaje imperial se extingue. Pero es que, en el fondo, casi todos ellos creen que este tema no es de su responsabilidad y que, cuando se llegue a una situación realmente crítica, corresponderá a los políticos del momento buscar la solución.

Para quienes sienten una honda preocupación por el futuro de la Casa Imperial es una situación deplorable. Pero solo los sabios comprenden cabalmente aquellas palabras del guerrero-pintor del periodo Edo Watanabe Kazan (1793-1841), quien nos alertaba del peligro de que “los quehaceres cotidianos nos hagan olvidar los planes centenarios”.

El príncipe de Mikasa, primero en hacer sonar la alarma

De todos modos, mi idea es que la crisis de la sucesión al trono no podría evitarse ni siquiera en el caso de un hipotético acuerdo entre los partidos sobre la reforma legal necesaria para seguir la vía del primer punto que sirviera de base para permitir que en el futuro tanto los hombres como las mujeres pudieran acceder al trono.

El verdadero problema no reside en aceptar o no la sucesión por línea femenina, sino en si los miembros de la familia imperial situados en la línea de sucesión serán capaces de casarse. Es una cuestión tan simple como encontrar un cónyuge.

Según el informe de junio del Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar, la tasa global de fecundidad (inglés: Total Fertility Rate, TFR) marcó un nuevo mínimo histórico en 2024 situándose en 1,15 hijos por mujer. Y hay estudios que prueban que el descenso en el número de nacimientos puede explicarse, en un 80 %, por la creciente tendencia a permanecer soltero. Además de la situación económica, influyen en este fenómeno los cambios de mentalidad en temas relacionados con el matrimonio y la familia. El porcentaje de quienes permanecen solteros durante toda su vida rondaba hacia 1990 el 5 % tanto en los hombres como en las mujeres. Según un estudio de 2020, el de los hombres ha subido aproximadamente hasta el 30 % y el de las mujeres, hasta el 20 %.

Antes de la guerra, la familia imperial era mucho más amplia y además existía la aristocracia. Pero ahora esta ya no existe y aquella ha quedado muy mermada debido a la exclusión de muchas ramas familiares. Los miembros de la familia imperial ya solo pueden obtener su cónyuge del pueblo llano y no cabe pensar que la “glaciación matrimonial” que atraviesa la sociedad japonesa no ejerza ninguna influencia sobre sus posibilidades de contraer matrimonio.

El primero en percatarse de esta “crisis de obtención de cónyuge” y en hacer sonar la alarma fue el difunto príncipe Takahito de Mikasa, famoso por su longevidad.

Durante un programa de radio en el que participó en 2004, cuando tenía 88 años, el príncipe de Mikasa habló sobre las penalidades que hubo de soportar su madre, la emperatriz Teimei, con motivo de los usos y costumbres de la Casa Imperial. “Ahora los medios arman un gran escándalo con estas cosas (…) y a la gente cada vez le dará más miedo ponerse en esa situación”, dijo, dando a entender que las dificultades irían en aumento.

“Es muy duro para un plebeyo convertirse en cónyuge [de un miembro de la realeza]. Está por ejemplo el Reino Unido, ahora con la reina Isabel, ahí tienen a su alrededor muchos países con casas reales y con nobleza, pero en Japón, claro, la aristocracia fue abolida después de la guerra. Ahora nos damos cuenta de que es como si a una fortificación le hubiéramos quitado sus defensas exteriores. Por eso, creo que, aunque una mujer pudiera heredar el trono, entre los japoneses de hoy en día nadie querría ser su marido”.

Para el príncipe de Mikasa, que una mujer heredase el trono era algo perfectamente aceptable en teoría, pero que implicaría serios problemas en la práctica. “Porque si al final no se casa, estaremos en las mismas. Vamos, que estamos ante un problema serio”. Como se ve, preveía que la escasez de cónyuges sería el principal cuello de botella.

Ahora, gracias a la popularidad de la princesa Aiko, hija de los emperadores, se habla mucho de que una mujer pueda heredar el trono y hay quien la ve ya como futura emperatriz. Quizás por ello, entre los parlamentarios de los partidos de la oposición hay muchos que, estando en contra de que la sucesión pueda hacerse por línea femenina, se muestran sin embargo a favor que de una mujer lo herede, una postura un tanto inconsistente. Parece que lo que no quieren es ser tachados de machistas.

Desde la perspectiva de quienes han defendido siempre la sucesión por línea masculina, estos posicionamientos son bienvenidos. Así, el ascenso al trono de una mujer sería un callejón sin salida, pues sus descendientes no podrían heredarlo, una situación que contribuiría a reforzar sus tesis.

Hagamos de la Casa Imperial un espacio humano para seres humanos

Sin embargo, estas personas no son conscientes de que vertiendo estas opiniones están ignorando los derechos humanos de los herederos al trono y de sus cónyuges, haciendo así más difícil todavía la sucesión. ¿Qué sentiría una emperatriz por derecho propio, o su cónyuge, si los hijos de ambos no tuvieran derecho a heredar? Dudarían de la propia razón de su existencia. Basta con que tratemos de ponernos en su piel.

El problema es grave tanto para un hombre como para una mujer. Pero en el caso de un hombre que se dispusiera a casarse con una emperatriz o con un miembro femenino de la familia con derecho a heredar, no contaría con ningún precedente entre los plebeyos japoneses y es fácil prever que surgirían muchas dificultades.

Vemos ejemplos tomados de casas reales extranjeras. En los Países Bajos, precedieron al actual rey tres reinas consecutivas. El consorte de la reina Beatriz, Claus, sufrió una depresión. El consorte de su predecesora Juliana, Bernardo, se vio envuelto en el escándalo de sobornos de la empresa Lockheed.

No pretendo decir con esto que el acceso de una mujer al trono implique solo problemas. Pero creo que, en una sociedad como la japonesa, en la que durante tanto tiempo se ha atribuido a la mujer el papel de ama de casa, deberíamos considerar con detenimiento las situaciones que previsiblemente se darían en el caso de que fuera un hombre el que entrase en la familia imperial como cónyuge, sea de la emperatriz o de cualquier otro miembro femenino.

Me refiero a cuestiones como posibles lastres de su anterior vida profesional, o la angustia existencial que podría sobrevenir una vez tomasen conciencia de su nueva posición. Los cónyuges masculinos podrían afrontar padecimientos similares a los que tuvo la actual emperatriz Masako, que era una mujer con una importante carrera profesional, al verse encasillada en su limitado papel, o al comprender que su única hija no tendría derecho a heredar el trono.

A riesgo de ser repetitivo, diré una vez más que la escasez de cónyuges afecta tanto a los hombres como a las mujeres. La presión mediática es mayor todavía que en la época del príncipe de Mikasa, puesto que a los medios de masas tradicionales se suman ahora las redes sociales y las plataformas de internet. Aunque, ciertamente, algunos artículos publicados por las revistas semanales resultan intolerables por la forma en que mezclan hechos con habladurías, quiero creer que este periodismo comercial con tanta historia sabrá respetar al menos unos mínimos de ética.

En cambio, en las informaciones vertidas en las redes sociales, donde nadie se responsabiliza de la verdad de las afirmaciones y donde un número enorme e indeterminado de personas se mueve en el anonimato, los límites éticos no se ven por ninguna parte. A diferencia de los ciudadanos corrientes, el Emperador y el resto de los miembros de su familia nunca entran a rebatir los argumentos ni se enzarzan en demandas judiciales por difamación. Algunas cosas que se publican en estas redes nos hacen pensar que hay personas que se divierten zahiriendo a su antojo a la “autoridad” imperial.

Los japoneses hemos sido testigos de cómo se maltrató a la entonces emperatriz Michiko, después a la actual emperatriz Masako, y a los príncipes de Akishino a raíz del noviazgo de su hija Mako con Komuro Kei. Imaginándonos a nosotros mismos, a nuestros familiares o a nuestros amigos en la situación de cónyuge de un miembro de la familia imperial, ¿habrá entre nosotros alguien que no se acobarde?

¿No habremos sido hasta ahora demasiado inconscientes del indudable hecho de que también los miembros de la familia imperial son seres humanos? La consecuencia última de esta inconsciencia es que estamos contribuyendo a ahondar una crisis que puede traer la desaparición de esa figura que la Constitución de Japón define como “símbolo de la unidad del pueblo”.

Si queremos asegurar la continuidad de esta institución tan simbólica, lo que más urge es convertir la Casa Imperial en un espacio humano en el que pueda ingresar sin vacilación también el pueblo llano. Si imponemos unos sistemas, un entorno y un grado de sumisión que resultan insoportable a los plebeyos, estaremos contribuyendo a acercar aún más la extinción del linaje imperial.

Fotografía del encabezado: A la izquierda, Hisahito, primogénito de los príncipes de Akishino. A la derecha, Aiko, primogénita de los Emperadores. (Fotografías: Jiji Press)

(Traducido al español del original en japonés.)

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