De Shibuya a Meguro: energía y elegancia en el oeste de Tokio
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Al caminar de Shibuya a Meguro por el bucle de la línea Yamanote, Tokio se va calmando. Dejamos atrás el caos arquitectónico, el neón y el ruido, y los cambiamos por cuestas, acogedoras cafeterías y calles frondosas. La mezcla de cultura, buena comida y tiendas de Yebisu Garden Place se ve reemplazada gradualmente por las aisladas residencias de la élite tokiota.
Empezar desde Shibuya
Una estación es tan buena como otra cuando se trata de comenzar un paseo por la línea Yamanote de Tokio. Hoy he elegido ir en sentido contrario a las agujas del reloj desde Shibuya, una de las principales paradas del bucle. Para ir hacia el sur, tengo que cruzar la Ruta Nacional 246, un monstruo de autopista de 125 kilómetros de longitud que va desde el céntrico distrito de Chiyoda, en Tokio, hasta Numazu, en Shizuoka, autopista en la que el rugido constante y los golpes neumáticos del tráfico no cesan nunca. Me detengo brevemente en el paso elevado para contemplar el perfil local de la ciudad. El horizonte de Shibuya se ha estrechado en los últimos años, acorralado por todos lados por nuevos rascacielos —el complejo Hikarie, Shibuya Stream, Scramble Square y Fukuras— que se elevan sobre la estación como centinelas de cristal. A lo lejos, el convoy amarillo de la línea Ginza del metro de Tokio entra en la estación. Es una rara oportunidad de ver el metro de Tokio emerger del subsuelo.
Las estaciones del bucle de la línea Yamanote. (© Pixta)
La quinta y más joven pieza del nuevo rompecabezas arquitectónico se alza justo al sur de la estación. Sakura Stage ocupa un solar de 2,6 hectáreas y consta de dos edificios de 39 y 30 plantas respectivamente, conectados por una cubierta. Al igual que los demás edificios, incluirá oficinas y tiendas comerciales (con espacios de trabajo para hasta 10.000 personas), así como residencias y apartamentos con servicios para estancias de media y larga duración.
Sakura Stage se construyó en Sakuragaoka-chō, en lo alto de una de las colinas que rodean la estación de Shibuya. Hasta el final de la Guerra del Pacífico, una de estas estrechas y sinuosas cuestas conducía a la iglesia de Naka-Shibuya, que pertenece a la Iglesia Unida de Cristo en Japón, la mayor confesión protestante del país.
El principal motivo para que la iglesia sea famosa, por así decirlo, es su aparición en la película Kuroi taiyō (Sol negro, Kurahara Koreyoshi), de 1964. Por aquel entonces se estaba cayendo a pedazos y ofrecía una imagen austera y espeluznante en medio de la nueva y bulliciosa ciudad, renacida tras la guerra. La película retrata la compleja relación entre un vagabundo y ladrón japonés, obsesionado con el jazz, que vive en la iglesia, y un soldado afroamericano que huye de la policía; el lugar sirve como significativo telón de fondo, ya que simboliza las intersecciones culturales y emocionales entre los dos hombres, y subraya temas de alienación, redención y búsqueda de conexión en el Japón de posguerra.
El edificio que vemos en la película lo erigió en 1917 el pastor Mori Akira, el tercer hijo de Mori Arinori, primer ministro de Educación de Japón, que murió apuñalado por un ultranacionalista en 1889. La iglesia original desapareció hace tiempo, demolida durante el rodaje de Sol negro. La última versión del edificio, terminada en 2020, se encuentra no muy lejos de allí.
Me alejo de los rascacielos y sigo las vías de Yamanote en dirección sur, y así me encuentro en un mundo completamente distinto hecho de viejos edificios en ruinas decorados con pintadas y pegatinas. También parece ser la ruta favorita de los pocos corredores que se atreven a hacer ejercicio por esta parte de la ciudad apretujada entre las omnipresentes obras de construcción, los oxidados pasos elevados de las vías férreas y los trenes que traquetean al otro lado de la valla. Pasan a toda prisa cada minuto, a veces incluso cada 15 o 20 segundos.
La zona sur de Shibuya está llena de edificios antiguos decorados con grafitis y pegatinas. (© Gianni Simone)
Se puede ver a algunas personas haciendo jogging entre los oxidados pasos elevados del ferrocarril. (© Gianni Simone)
Caos creativo en el paisaje urbano de Tokio
Al mirar a través de las vías del tren, uno recibe un curso intensivo sobre los planteamientos de Tokio sobre planificación urbana, sus normas y reglamentos. En resumen, no hay ninguno.
La arquitectura es una batalla campal: apartamentos cuadrados junto a restos de Art Déco, cubos minimalistas o fachadas de azulejos. Los edificios se apiñan hombro con hombro, separados por un mínimo espacio. Probablemente haya un límite de altura, pero más allá de eso, todo es un caos creativo. ¿Quieres una casa verde lima al lado de un falso café europeo con falsas columnas griegas? Pues adelante. En esta ciudad, la zonificación parece más una sugerencia que un sistema, y la uniformidad es problema de otros.
La arquitectura de Tokio es, por decirlo suavemente, muy ecléctica. Su aparente falta de un estilo unificado confiere a la ciudad un carácter extraño, casi de otro mundo, como los paisajes retrofuturistas imaginados en películas de ciencia ficción como Blade Runner: una visión del futuro que se siente a la vez posthistórica y post-estilística, habitada por formas caóticas e híbridas. El paisaje urbano de Tokio parece existir fuera del tiempo, arcaico y futurista a partes iguales. Esta mezcla de épocas e impulsos arquitectónicos me evoca un futuro distópico repleto de supervivientes de alguna catástrofe.
La arquitectura de Tokio es, por decirlo suavemente, muy ecléctica. (© Gianni Simone)
Para acentuar el contraste surrealista y añadir un pequeño escalofrío, añadieron una planta incineradora justo al otro lado de las vías y a 15 minutos a pie del famoso cruce de Shibuya. Esta es una de las 21 instalaciones situadas en los 23 distritos centrales de Tokio. Varias están escondidas en las islas artificiales que abarrotan la bahía de Tokio, mientras que al menos otras dos —una entre Ebisu y Meguro y otra junto a Ikebukuro— están sorprendentemente cerca de las estaciones de la línea Yamanote.
La planta de Shibuya puede procesar unas 200 toneladas diarias de residuos y está equipada con control de contaminación atmosférica para reducir la concentración de dioxinas, metales pesados y partículas liberadas tras la incineración. Al parecer, las instalaciones japonesas están consideradas entre las más seguras y limpias del mundo. Producen muy por debajo de los niveles de dioxinas recomendados por la OMS, se mantienen y modernizan rigurosamente y utilizan sistemas de presión negativa del aire para evitar que se escapen los malos olores.
Baños, cerveza y mucho más
Cuando llego a Ebisu, hago una rápida pausa para ir al baño. Ebisu está, entre otras cosas, a la vanguardia en esta categoría concreta, ya que es una de las ubicaciones del proyecto THE TOKYO TOILET, un conjunto de 17 aseos públicos creados por arquitectos y diseñadores famosos como Kuma Kengo y ganadores del premio Pritzker como Andō Tadao, Ban Shigeru, Itō Toyoo y Maki Fumihiko. Cuatro de esos aseos están muy cerca de la estación de Ebisu.
Tamura Nao diseñó uno de los aseos públicos del proyecto THE TOKYO TOILET. (© Gianni Simone)
Es cierto que estos 17 aseos de diseño son solo una gota en el océano de los aseos públicos de Tokio. Solo en el distrito de Shibuya existen 186 instalaciones independientes (en calles o parques), es decir, unas 12,3 por kilómetro cuadrado. Los 23 municipios centrales tienen una media de ocho por kilómetro cuadrado (París tiene 6,7). Además, Tokio cuenta con unos 53 aseos públicos independientes por cada 100.000 habitantes, frente a los 14 de Londres.
Ebisu encarna el espíritu de los residentes del oeste de Tokio —gente de delicada sensibilidad, bolsillos holgados y gustos sofisticados—, por lo que tiene todo el sentido acercarse a su complejo comercial y cultural más destacado a través de un cómodo paseo móvil de 400 metros de longitud, protegido de las inclemencias del tiempo.
Cuando por fin llegamos al final del paseo, Yebisu Garden Place, está claro que ya no estamos en Shibuya: espacios abiertos, amplias avenidas y muchos árboles… al menos para los estándares de Tokio.
Yebisu Garden Place es un elegante complejo urbano que combina oficinas, tiendas, restaurantes, un museo y una plaza panorámica. (© Gianni Simone)
Un paseo de suave pendiente conduce a una espaciosa plaza central coronada por un amplio arco de cristal. Dominando la escena está el Château Restaurant Joël Robuchon, una réplica de un palacio francés Luis XVI que alberga tres restaurantes con estrellas Michelin. Curiosamente, nunca he visto a nadie aventurarse en el interior del falso castillo.
Y pensar que Ebisu tuvo orígenes mucho más humildes… Yebisu Garden Place fue en su día la sede de la fábrica de cerveza Dainippon, predecesora de Sapporo Beer, y tanto el nombre de la estación como el del barrio —menos la Y, que procede de una ortografía más antigua del idioma— proceden de una de las marcas de cerveza más antiguas de Japón. La estación en sí comenzó a funcionar en 1901 como estación solo de carga para el transporte de cerveza. El servicio de pasajeros comenzó en 1906 (el mismo año en que se nacionalizaron los ferrocarriles japoneses), pero la utilizaban sobre todo los empleados de las fábricas para ir al trabajo. Finalmente, la estación de Ebisu se incorporó a la línea Yamanote en 1909.
Opulencia tranquila en el camino a Meguro
Como suele ocurrir en los alrededores de la línea Yamanote, el ferrocarril divide Tokio en dos entornos muy diferentes. Entre Ebisu y Meguro, por ejemplo, el lado exterior es el barrio comercial, con multitud de tiendas y restaurantes asequibles, mientras que el interior es una zona de tranquila opulencia, donde los signos de riqueza son discretos pero absolutos.
Ebisu y Kami-Ōsaki son zonas muy solicitadas por los residentes de clase alta, ya que combinan una ubicación céntrica y el acceso a tiendas y restaurantes de lujo con un ambiente refinado, discreción y privacidad.
Ebisu es hogar de muchos solteros adinerados, parejas poderosas, ejecutivos extranjeros y profesionales creativos que viven en elegantes torres como Parkhouse Ebisu y lujosos apartamentos de poca altura. Los modernos apartamentos de 2 dormitorios en las nuevas torres de lujo oscilan entre 700.000 yenes al mes y el millón y medio.
Vida lujosa en las alturas de Ebisu. (© Pixta)
Incluso la tribu de Ebisu, sin embargo, formada por jóvenes creativos y escaladores del mundo de la tecnología que disfrutan tomando café de tercera ola y vino natural, solo puede soñar con vivir en Kami-Ōsaki. Aquí es donde elige vivir la gente que ya lo tiene todo. Familias japonesas adineradas, ejecutivos de empresas, algunas familias patricias… esta élite enclaustrada, la “aristocracia susurrante” de Tokio, tiene poca visibilidad, pero mucho prestigio. En un mundo cada vez más dominado por los ricos ostentosos y horteras, Kami-Ōsaki es una de esas zonas donde la riqueza no ruge. Se desliza en silencio con suela de cuero tras verjas de hierro forjado o metal negro, altos setos y muros de piedra.
Aquí no hay zonas comerciales, sino embajadas, colegios exclusivos y fincas históricas. El precio de las viviendas unifamiliares puede superar los 2.000 millones de yenes, y los alquileres a menudo ni siquiera se publican, sino que se gestionan a través de agentes privados.
Paseando por estas calles extremadamente tranquilas y discretas, me siento como si hubiera caído en un agujero de gusano y me hubiera transportado a un universo paralelo. Grandes casas —mansiones de verdad, no las típicas manshon japonesas (que no son más que apartamentos normales)— se distribuyen a lo largo de una calle dorada. Los caminos de grava se extienden tras verjas de hierro en las que las cámaras de seguridad sustituyen a las bestias heráldicas. Por todas partes hay coches importados de alta gama. Uno de ellos me adelanta silenciosamente por una colina bordeada de sakuras. Este barrio no aparece en los mapas turísticos. Precisamente por eso viven aquí los ricos.
(Artículo traducido al español del original en inglés. Imagen del encabezado: Ebisu Garden Place, justo al sudoeste de la estación de Ebisu – © Pixta.)
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