Mugonkan, un museo con obras de jóvenes artistas que murieron en la guerra
Escribe un artículo en francés sobre: Mugonkan, un museo con obras de jóvenes artistas que murieron en la guerra
rewrite this content and keep HTML tags as is:
En la ciudad de Ueda hay un museo que recoge las obras de jóvenes estudiantes de pintura que murieron en la guerra después de verse obligados a cambiar sus pinceles por las armas. Es el Mugonkan, inaugurado en mayo de 1997. Lo construyó con fondos privados el escritor Kuboshima Seiichirō, movido por el pensamiento de Nomiyama Gyōji, un pintor que también supo lo que es la guerra.
El Mugonkan se alza solitario sobre una pequeña colina a las afueras de la ciudad de Ueda, en la prefectura de Nagano. En la fachada pone ciertamente “Mugonkan” y hay una puerta… pero nada nos indica que estemos ante la entrada de un museo. Diríase que se nos advierte de que, si queremos entrar, tendremos que atenernos a las consecuencias.
El diseño del edificio salió también de la mente de su fundador, Kuboshima Seiichirō. La fachada tiene algo de sarcófago. El edificio tiene planta en cruz.
Al abrir la puerta descubrimos un ambiente lóbrego en el que se respira paz y tranquilidad. Las paredes están cubiertas por pinturas de estudiantes o recién egresados de escuelas de arte que cayeron en la Guerra del Pacífico. En la vitrina que ocupa la parte central de la sala se exponen cuadernos de bocetos, cartas y otros objetos personales.
No bien hayamos entrado, sentiremos algo, una presencia a nuestras espaldas. Y si nos volvemos, veremos el retrato de un hombre con aspecto militar que domina con su mirada todo el espacio. Es el Retrato de aviador en pie, de Ōgai Yatarō. Muy deteriorado, la pintura se ha desprendido en su mayor parte, pese a lo cual la obra conserva su fuerza expresiva. Se dice que el retratado es un miembro de los “comandos” o “unidades especiales”, es decir, un piloto kamikaze.
Al entrar en el Mugonkan no encontramos ninguna recepción. La exposición puede verse nada más abrir la puerta. Es un simple paso, pero que nos traslada a otra dimensión.
No llegó a ver a su hijo
Volvemos a mirar hacia adelante. Los primeros cuadros que vemos, colocados el uno frente al otro en las paredes laterales, son dos desnudos femeninos muy llamativos. El de la pared izquierda, Mujer desnuda, es de Hidaka Yasunori. El de la derecha, Shimoko, de Nakamura Manpei.
Hidaka, oriundo de la isla de Tanegashima, en la región de Kyūshū, logró ingresar finalmente tras dos intentos fallidos en la Escuela de Bellas Artes de Tokio (actual Universidad de las Artes de Tokio), donde estudió pintura al óleo. Tras obtener su graduado por adelantado, fue llamado a filas. Luchó en los frentes de Manchuria y Filipinas y murió en la isla de Luzón en abril de 1945. Mujer desnuda es uno de los cuadros que su hermano menor recuperó del taller del artista, que estaba situado en Tokio. La modelo era una mujer a la que el artista admiraba.
En la otra pared, Shimoko, sentada con un pie subido sobre el asiento, muestra su cuerpo desnudo sobre sobre un fondo negro azulado. El colorido da una sensación de pesadez que parece presagiar el destino que esperaba a la pareja.
Nakamura terminó sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de Tokio con las mejores notas de su promoción y tuvo que incorporarse al ejército cuando su esposa estaba embarazada. Esta dio a luz un varón y murió un mes después. Nakamura murió enfermo en zona de guerra sin haber podido abrazar a su hijo ni una sola vez medio año después de la muerte de su esposa, en agosto de 1943. El cuadro fue celosamente guardado por el hijo de ambos.
Actualmente se exponen en el Mugonkan 177 pinturas y esculturas de 130 estudiantes. Además, guarda en su almacén, llamado Toki no kura, cerca de 600 obras más.
Las obras expuestas llevan una explicación sobre dónde y cuándo murió el autor y, aunque de algunos de ellos no quedan dichos registros, ponen al visitante ante la realidad incontrovertible de que aquellos jóvenes estudiantes de pintura perdieron la vida después de haber dejado unos pocos retratos de sus novias o familiares, y algunos paisajes de su tierra.
Una exitosa trayectoria y un giro vital
El hombre que hace ahora tres decenios fue visitando a los familiares de los estudiantes y construyó el Mugonkan es su actual propietario, el escritor Kuboshima Seiichirō. Se lo conoce también por ser hijo del escritor Minakami Tsutomu.
Kuboshima, hoy octogenario, compartió con nosotros estas difíciles reflexiones sobre este cuarto de siglo de vida del museo.
“Han sido 26 años durante los cuales lo único que he hecho es vivir a costa de aquellos estudiantes y de sus obras. Creo que debo sincerarme con ellos antes de irme al otro mundo”.
Nacido en noviembre de 1941, semanas antes de que Japón y Estados Unidos entraran en guerra, Kuboshima ha revelado que se siente en una difícil posición por no haber tenido propiamente ninguna experiencia de la guerra. “Al final, yo soy uno de esos afortunados triunfadores que pudieron subirse a la ola del desarrollado económico en el Japón de la posguerra”, dice.
Criado por padres adoptivos, zapateros pobres en un Tokio reducido a escombros por los bombardeos, enseguida mostró un gran talento para los negocios. Antes de los 25 años regentaba exitosamente un snack-bar y había establecido también en Setagaya (Tokio) el famoso Kid Ailack Art Hall, un pequeño teatro del que salieron figuras como Terayama Shūji o Asakawa Maki. Fundó también una galería de arte en Shibuya (Tokio) y antes de cumplir los 40 estableció en la ciudad de Ueda el museo de arte Shinano Dessankan, donde reunió obras de pintores fallecidos prematuramente.
Pero ese periodo vital en que, según el mismo dice, podía identificárselo como el triunfador paradigmático de una época de desarrollo económico, llegó a su fin cuando Kuboshima mediaba la cincuentena. El punto de inflexión fue su encuentro con el pintor Nomiyama Gyōji.
¿Podrás volver a pintar?
Nomiyama vivía con un persistente complejo de culpabilidad por haber sobrevivido a la guerra.
El Mugonkan muestra también cartas desde el frente, dibujos y otros objetos personales de los artistas. Las paletas engrosadas por capas de pintura dan un mudo testimonio de aquellas vidas malogradas.
Nomiyama, nacido en 1920, se graduó anticipadamente de la Escuela de Arte de Tokio para incorporarse al ejército. Fue desmovilizado por una pleuresía cuando servía en Manchuria y cuando finalizó la guerra se encontraba ya en Japón. Pero muchos de sus compañeros de estudios que lo habían sido también de armas no volvieron jamás.
Cuando habían pasado cerca de 20 años desde el fin de la guerra, Nomiyama comenzó a visitar a las familias de sus compañeros fallecidos y a ver también sus obras, que quedaron recogidas en 1977 en el álbum Inori no Gashū: Senbotsu gagakusei no kiroku (“Colección de plegarias: Registro de los estudiantes de arte muertos en la guerra”).
El álbum interesó a Kuboshima, quien invitó a Nomiyama a dar una conferencia en su museo Shinano Dessankan. Era el año de 1994, cuando iba a cumplirse el 50.º aniversario del fin de la guerra. Después de la conferencia, en el balneario de aguas termales en el que se alojaba, Nomiyama le contó sus experiencias en la guerra.
Recordaba a aquellos compañeros uniformados que lo habían acompañado hasta la estación donde tomaría el tren de regreso a Japón. “¿Ya llegarás vivo? ¿Podrás volver a pintar? ¡Qué envidia!”, le decían dando golpecitos en la ventana del tren. Le contó también sus andanzas para reunir las obras de Inori no Gashū. Siempre tenía algo más que contar. A Nomiyama le preocupaba especialmente cuál sería el destino de las obras dejadas por los fallecidos.
“A algunos de los familiares les dije que algún día me gustaría construir una instalación para exponer todos aquellos cuadros. Pero muchos de los padres ya han muerto. Con tantos años como han pasado, me da pena pensar qué habrá sido de todas aquellas obras”, le decía.
Incapaz de calibrar en ese momento la hondura del sentimiento de Nomiyama, Kuboshima le respondió con franqueza que, para alguien como él, que no había conocido la guerra en carne propia, aquellos cuadros no pasaban de ser reliquias de un pasado ya lejano. Esta fue la respuesta de Nomiyama.
“Eso podrá decirse seguramente de cada uno de esos cuadros. Pero lo que es seguro es que ellos habrían querido vivir y seguir pintando. Si consiguiéramos reunir esos cuadros, con toda esa carga que lleva cada uno, nacería una voz cuya potencia nosotros no podemos siquiera imaginar. Me parece oír esa voz”, dijo. “¿Qué hemos dejado nosotros, los que sobrevivimos? Los cuadros que dejaron ellos son infinitamente más puros”.
Oyéndole, Kuboshima pensó que le gustaría ayudarle a hacer su sueño realidad. “¡Voy a ayudarle!”, le dijo.
El Mugonkan se alza en medio de un silencioso bosque. Solo un entorno así podía acoger el encuentro con las obras de los estudiantes de arte muertos en la guerra.
Una experiencia que le abrió los ojos
En sus libros, Kuboshima describe con detalle la serie de visitas a los familiares de los artistas para ver las obras, que se extendió a lo largo de tres años y medio. Nomiyama solo lo acompañó a ver las primera diez o doce. Luego, le confió el resto de la tarea.
“La generación de los padres ya no vivía y nos recibían los hijos o los hermanos de los artistas. Supongo que a Nomiyama lo descorazonaba comprobar que aquella memoria viva que había encontrado en su primer viaje se había borrado de este mundo”, explica Kuboshima.
Por el contrario, a Kuboshima aquella ronda de visitas le abrió los ojos.
“Reuniéndome con aquellos familiares que habían guardado celosamente las obras durante 50 años, sentí vergüenza. Por primera vez, me di cuenta de que yo había vivido ajeno a todo lo que significó la guerra”.
Recogió en total 87 obras procedentes de 37 familias de todos los rincones de Japón, desde Hokkaidō, al norte, hasta Kagoshima, al sur. Con las donaciones recibidas de los familiares de los artistas fallecidos en la guerra que secundaron su proyecto y con la financiación adicional que obtuvo de bancos, construyó un museo de un solo piso y planta en cruz. “Lo has hecho de verdad”, dejó escapar Nomiyama cuando lo vio.
La serie de visitas a los familiares de los artistas muertos para reunir sus obras, una idea que heredó de Nomiyama, permitió a Kuboshima tomar conciencia de lo que había significado la guerra.
Los medios de comunicación dedicaron grandes espacios a la inauguración del museo y la afluencia de público fue masiva. El primer año consiguió cerca de 120.000 visitas y durante los siguientes años la cifra rondó los 100.000. Kuboshima tuvo que dedicar mucho tiempo a atender a los medios.
Pero el tiempo no perdona. La memoria de la guerra se va haciendo más difusa y, con ella, el interés por el museo también. 10 años después de su apertura, la afluencia bajó a la mitad, y pasados otros 10 años, ahora obtiene apenas 30.000 visitantes anuales.
Buscando la liberación
Con eso de que ha vivido “a costa” de los malogrados artistas, Kuboshima quiere expresar lo extraño que se siente al pensar que una persona como él, que no conoció la guerra, ha vivido todo este tiempo como propietario de un museo, el Mugonkan, que es la realización de un sueño abrigado por Nomiyama. Y con los medios de comunicación, que han sido “cómplices” en esta apropiación, mantiene una relación de amor-odio.
Todos los años, al llegar el verano, los periódicos y cadenas de televisión japoneses dedican espacios a la “memoria de la guerra”. Muchos jóvenes periodistas y cámaras llegan al Mugonkan para hacer sus reportajes. Se presenta el museo entre frases manidas como “no olvidaremos aquella guerra” o “la juventud que se perdió en la guerra” y durante algún tiempo el museo recupera su popularidad.
La pandemia hundió las cifras de visitantes, pero en 2022 el museo salió en una telenovela con una bella historia no exenta de dramatización, que llegó al corazón de la audiencia. El efecto fue inmediato y la afluencia anual subió en 10.000 personas con respecto al promedio de años anteriores.
La atención mediática es de agradecer desde el punto de vista de la gestión de un museo. Pero conforme el recuerdo de la guerra se va desvaneciendo de la sociedad, la sensación de que el Mugonkan se va consumiendo se hace, según dice Kuboshima, más viva con los años.
“Los medios me han presentado como a un hombre exitoso de la época del ‘milagro japonés’ que se pone a contar cosas trágicas sobre la guerra e iza la bandera del pacifismo. Cuando llega ese momento del año, los periodistas vienen y luego se van. Y eso se repite. Me gustaría liberar a aquellos artistas de ese ‘contexto’ y devolver a sus obras su inocencia original”.
En junio de 2023 murió Nomiyama a los 102 años. Después de tanto tiempo cargando con el peso, para Kuboshima no es fácil describir sus sentimientos personales hacia Nomiyama, pero reconoce que “para el Mugonkan fue un pintor con un valor simbólico muy importante”.
Pero, ¿cómo “liberar” a los estudiantes de arte muertos en la guerra y sus obras? Tras algunos años de búsqueda, Kuboshima cree saber qué dirección tomar. Como primer paso, desde junio de 2024, el museo tiene una nueva codirectora: la escritora Uchida Yayako, hija de la fallecida actriz Kiki Kirin. Uchida intercambió opiniones con Kuboshima y se convirtió en una difusora de la existencia del museo a raíz de la visita que hizo su madre en 2015. A fin de asegurar la sostenibilidad del Mugonkan, se estrecharán las relaciones con la Universidad de Ritsumeikan, que opera en Kioto una sala a modo de “anexo del Mugonkan”.
Kuboshima está aclarando sus ideas también acerca de esa necesidad que siente de “sincerarse” con aquellos estudiantes de arte muertos en la guerra.
“Cuando uno se queda solo en este espacio, se siente una tensión que no puede expresarse con palabras. Es una sensación única, algo que no puede sentirse en ningún otro museo de arte del mundo. Si tuviera que decir qué es eso, diría que es la dedicación, el compromiso de aquellos estudiantes. Aquí resuenan sus vidas, que estuvieron guiadas únicamente por el deseo de seguir pintando. Yo siento que durante todo este tiempo ellos me han venido cuestionado: Y tú, ¿has vivido con esa intensidad?”.
La bóveda de la Sala II está totalmente cubierta por los dibujos de los jóvenes artistas, que le dan el aspecto de una capilla.
Kuboshima se cuestiona a sí mismo cada vez que se enfrenta a estas silenciosas voces y su corazón se agita. Es angustioso, pero Kuboshima sabe que es la forma de enfrentarse cara a cara con el reto que plantean aquellos estudiantes de arte que murieron en la guerra.
Fotografías: Ikazaki Shinobu.
Colaboración en la edición: Redacción de POWER NEWS.
(Traducido al español del original en japonés.)
Publicar comentario